Pero no hablo de una autoexigencia que nos impulsa a mejorar, sino de una que nos repite todos los días que no somos lo suficientemente buenos para ocupar el lugar que tenemos; que no nos lo ganamos, que fue suerte, una coincidencia o un error de cálculo de alguien más.
Hace poco, una directora me contó que antes de cada junta ejecutiva revisa compulsivamente todas las cifras, incluso aquellas que domina perfectamente. Pero no lo hace por disciplina; lo hace porque vive con la sensación de que cualquier error podría desmontar la percepción profesional que los demás tienen sobre ella.
Otra mujer, amiga mía desde hace muchos años, me dijo algo que se me quedó grabado: “Cada vez que algo me sale bien siento alivio, no satisfacción”.
Y creo que esa frase resume perfectamente el Síndrome del Impostor. Todos hemos escuchado hablar de él como un problema de confianza que afecta especialmente a las mujeres. Sin embargo, esta columna no busca revictimizarnos, sino señalar que rara vez se trata de una inseguridad individual. Con frecuencia es el resultado de la cultura que hemos construido alrededor del éxito, el liderazgo y la validación profesional.
Líderes implacables
Durante años hemos romantizado una idea (bastante peligrosa, si me lo preguntan) acerca del alto desempeño: líderes impecables, emocionalmente estables (algo relativamente nuevo, porque antes parecía que el liderazgo consistía en gritar más fuerte que los demás), siempre disponibles, seguros de sí mismos y capaces de resolver cualquier problema casi sin esfuerzo.
Eso nos ha llevado a un escenario contradictorio. El discurso dice: “equivócate y aprende”. Pero, en la práctica, el error sigue costando caro. Para evitarlo, muchas mujeres se sobreexigen, trabajan de más para silenciar sus dudas (la mayoría de ellas internas), esconden el cansancio para no parecer débiles y enfrentan los errores en silencio para no parecer insuficientes o poco aptas para el puesto.
No se trata de un problema menor, pero tampoco de uno que pueda resolverse con fórmulas simplistas. De hecho, uno de los peores enfoques actuales consiste en abordarlo desde el paternalismo corporativo, como si las mujeres necesitaran discursos motivacionales para recordar que son capaces. La mayoría ya sostiene equipos, presupuestos, crisis y resultados todos los días.
Cada vez menos humanos
Pero ver el vaso medio vacío no es una cuestión exclusiva de las mujeres. El Síndrome del Impostor y la cultura corporativa que desgasta liderazgos también se manifiestan en hombres que sienten que nunca pueden mostrarse cansados; en CEOs que creen que desconectarse un fin de semana los vuelve menos competitivos o que piensan que pedir ayuda les resta autoridad frente a sus equipos.
Hay toda una generación de líderes intentando sostener personajes corporativos imposibles de mantener.
Buena parte de esto responde a una competencia voraz y silenciosa que atraviesa el mundo laboral. Todos quieren ser ese líder rockstar que aparece en cientos de conferencias y foros, que responde mensajes desde las seis de la mañana y que, además, dirige al equipo más eficiente.