Publicidad
Publicidad

El vaso medio vacío

Hay toda una generación de líderes intentando sostener personajes corporativos imposibles de mantener.
El vaso medio vacío
Hay quienes creen que generar tensión hace que los equipos rindan más. Sin embargo, muchas veces solo consiguen personas agotadas que esconden errores, evitan hacer preguntas y operan desde el miedo, señala Joselyn Castro.(Foto: Liubomyr Vorona/Getty Images)

Hay personas que convierten cualquier logro en una nueva preocupación. Si les suben el sueldo, piensan que ahora tendrán que demostrar que realmente lo merecen; si las ascienden, sienten más miedo que orgullo; cierran una cuenta importante y, de inmediato, empiezan a preguntarse cuánto tiempo pasará antes de decepcionar a alguien.

No porque no sean capaces. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario: las personas más preparadas que conozco suelen vivir mucho más cerca de la autoexigencia que de la arrogancia o el ego.

Publicidad

Pero no hablo de una autoexigencia que nos impulsa a mejorar, sino de una que nos repite todos los días que no somos lo suficientemente buenos para ocupar el lugar que tenemos; que no nos lo ganamos, que fue suerte, una coincidencia o un error de cálculo de alguien más.

Hace poco, una directora me contó que antes de cada junta ejecutiva revisa compulsivamente todas las cifras, incluso aquellas que domina perfectamente. Pero no lo hace por disciplina; lo hace porque vive con la sensación de que cualquier error podría desmontar la percepción profesional que los demás tienen sobre ella.

Otra mujer, amiga mía desde hace muchos años, me dijo algo que se me quedó grabado: “Cada vez que algo me sale bien siento alivio, no satisfacción”.

Y creo que esa frase resume perfectamente el Síndrome del Impostor. Todos hemos escuchado hablar de él como un problema de confianza que afecta especialmente a las mujeres. Sin embargo, esta columna no busca revictimizarnos, sino señalar que rara vez se trata de una inseguridad individual. Con frecuencia es el resultado de la cultura que hemos construido alrededor del éxito, el liderazgo y la validación profesional.

Líderes implacables

Durante años hemos romantizado una idea (bastante peligrosa, si me lo preguntan) acerca del alto desempeño: líderes impecables, emocionalmente estables (algo relativamente nuevo, porque antes parecía que el liderazgo consistía en gritar más fuerte que los demás), siempre disponibles, seguros de sí mismos y capaces de resolver cualquier problema casi sin esfuerzo.

Eso nos ha llevado a un escenario contradictorio. El discurso dice: “equivócate y aprende”. Pero, en la práctica, el error sigue costando caro. Para evitarlo, muchas mujeres se sobreexigen, trabajan de más para silenciar sus dudas (la mayoría de ellas internas), esconden el cansancio para no parecer débiles y enfrentan los errores en silencio para no parecer insuficientes o poco aptas para el puesto.

No se trata de un problema menor, pero tampoco de uno que pueda resolverse con fórmulas simplistas. De hecho, uno de los peores enfoques actuales consiste en abordarlo desde el paternalismo corporativo, como si las mujeres necesitaran discursos motivacionales para recordar que son capaces. La mayoría ya sostiene equipos, presupuestos, crisis y resultados todos los días.

Cada vez menos humanos

Pero ver el vaso medio vacío no es una cuestión exclusiva de las mujeres. El Síndrome del Impostor y la cultura corporativa que desgasta liderazgos también se manifiestan en hombres que sienten que nunca pueden mostrarse cansados; en CEOs que creen que desconectarse un fin de semana los vuelve menos competitivos o que piensan que pedir ayuda les resta autoridad frente a sus equipos.

Hay toda una generación de líderes intentando sostener personajes corporativos imposibles de mantener.

Buena parte de esto responde a una competencia voraz y silenciosa que atraviesa el mundo laboral. Todos quieren ser ese líder rockstar que aparece en cientos de conferencias y foros, que responde mensajes desde las seis de la mañana y que, además, dirige al equipo más eficiente.

Publicidad

Aunque hay quienes lo logran (y hacia allá queremos llegar todos), la realidad es que el camino rara vez es sencillo, especialmente cuando nos comparamos con alguien que atraviesa una etapa completamente distinta a la nuestra. Porque el liderazgo no se construye únicamente desde las capacidades individuales, sino también desde las expectativas que la sociedad impone sobre quienes ocupan esos cargos.

Como líderes, nos corresponde dejar de confundir presión con excelencia, ocupación con productividad e inseguridad con debilidad.

Hay quienes creen que generar tensión constante hace que los equipos rindan más. Sin embargo, muchas veces solo consiguen personas agotadas que esconden errores, evitan hacer preguntas y operan desde el miedo.

Y es ahí donde el vaso termina por vaciarse, porque no importa qué tan grande sea el logro: nunca parece suficiente. Siempre hace falta algo más para sentirse validado:

Más resultados.
Más horas.
Más reconocimiento.
Más control.
Más perfección.

El problema es que ninguna carrera profesional aguanta demasiado tiempo construida desde la sensación permanente de insuficiencia. Y ningún liderazgo realmente sano debería construirse desde ese vacío.

____

Nota del editor: Joselyn Castro es Directora de Cuentas y Líder del Proyecto Apolo Mujeres de Apolo 25. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

Publicidad

Health Café

Publicidad