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Los futbolistas también lloran

Lo ocurrido en el partido de México contra Inglaterra no borra las desigualdades que el futbol también reproduce (...) Pero sí ofrece una fisura útil para pensar y comenzar el cambio.
México no pudo llegar a los cuartos de final
Javier Hernández consoló a Armando Gonzalez tras la derrota de México ante Inglaterra.(ALFREDO ESTRELLA/AFP)

Fue un partido cardíaco, un encuentro histórico con las emociones a flor de piel. No sólo para las y los aficionados. Antes de que se apagaran las luces, la cancha regaló imágenes tan memorables como aquellas donde aún rodaba el balón en la cancha. Y vale la pena hablar sobre ellas.

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Javier “El Chicharito” Hernández abrazó largamente a su pupilo Armando “La Hormiga” González, devastado por la eliminación. Jude Bellingham, en plena euforia por la clasificación de su equipo, buscó a Gilberto Mora para darle ánimo tras la derrota e intercambiar playeras. Guillermo Ochoa lloró frente a las cámaras, sin esconder el rostro ni pedir disculpas por ello; se paró al centro de la cancha de su último Mundial y la despidió con lágrimas. Nada de esto salió en el marcador, pero dice tanto del futbol como de los goles mismos.

De acuerdo con el sociólogo mexicano Rafael Montesinos, autor de Las rutas de la masculinidad, esa forma dominante se construyó sobre tres mandatos: fortaleza, control emocional y competencia constante frente a otros hombres. El futbol, por su carga simbólica de batalla y conquista, ha sido uno de los escenarios donde esos mandatos se repiten con más intensidad y a la vista del público.

Sin embargo, el psicólogo español Octavio Salazar, autor de reflexiones sobre las nuevas masculinidades (Yo, nosotros. Diario de masculinidades por desarmar), apunta su reflexión en una dirección esperanzadora: cada gesto que rompe ese guion –un abrazo prolongado, un llanto sin vergüenza, un cuidado explícito hacia otro hombre– tiene un valor que trasciende lo anecdótico. Son grietas en un modelo que, de acuerdo con distintos estudios en salud mental, ha cobrado un costo alto: hombres que no piden ayuda ni nombran lo que sienten y que enferman en silencio antes que parecer vulnerables.

Lo ocurrido en el partido de México contra Inglaterra no borra las desigualdades que el futbol también reproduce, ni convierte al deporte en un espacio automáticamente sano. Pero sí ofrece una fisura útil para pensar y comenzar el cambio. Según la organización Men Engage, que trabaja con hombres y niños para transformar las masculinidades, mostrar afecto entre varones en público –sobre todo en contextos históricamente hipermasculinos como el deporte de alto rendimiento– ayuda a normalizar que la ternura no resta virilidad, sino que la amplía.

Los futbolistas también llo
El portero mexicano Guillermo Ochoa reacciona tras perder el partido de Octavos de Final de la Copa Mundial de 2026 entre México e Inglaterra en el Estadio Ciudad de México, el 5 de julio de 2026.(Foto: CARL DE SOUZA/AFP)

En un país donde la violencia machista sigue marcando la vida de miles de mujeres, y donde los propios hombres pagan también el precio de un modelo que les exige no sentir, estas escenas inclinan el marcador a favor de una sociedad donde la salud emocional también mete goles.

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