Hola, te saluda con el gusto de siempre tu amiga cincuentona. Hoy comparto este espacio con Mariana, nombre elegido para resguardar una identidad que merece privacidad, pero también respeto. Escribimos juntas porque hay temas que no necesitan voceras perfectas, sino conversaciones honestas. Y porque todavía existen muchas personas viviendo en silencio realidades que la sociedad prefiere no mirar de frente.
Existir sin pedir permiso
Vivimos en una época obsesionada con clasificarlo todo. Queremos respuestas inmediatas, definiciones cerradas, casillas precisas para sentir que entendemos el mundo. Hombre o mujer; normal o distinto; correcto o incorrecto; a favor o en contra. Nos tranquilizan las etiquetas porque simplifican lo complejo. El problema es que la vida humana rara vez cabe en formatos tan estrechos.
Yo, Mariana, nací con una variación cromosómica XXY, asociada médicamente al síndrome de Klinefelter. Soy intersexual. Durante mucho tiempo otros hablaron de mí desde términos técnicos, diagnósticos y decisiones ajenas. Pero una persona no se reduce a una sigla. Detrás de cualquier expediente hay emociones, preguntas, contradicciones y una búsqueda profunda por reconocerse.
Crecí dentro de una estructura que no correspondía con lo que yo sentía. Ojo; no hubo maldad alrededor mío. Hubo desinformación, miedo y ausencia de herramientas. Muchas familias enfrentaron durante décadas temas relacionados con identidad, sexualidad o diversidad corporal sin acompañamiento profesional, sin conversación pública y con una enorme presión social encima.
Yo, Verónica, quiero subrayar algo importante; juzgar el pasado desde la comodidad del presente suele ser sencillo, pero no siempre justo. Eso no cancela heridas ni borra consecuencias. Lo que sí permite es entender que el silencio colectivo también produce dolor. Cuando una sociedad no sabe nombrar una realidad, muchas personas terminan cargándola solas.
Se habla cada vez más de diversidad e inclusión, y eso es valioso. Pero todavía existen experiencias humanas que permanecen invisibles. La intersexualidad es una de ellas. Para muchas personas incluso la palabra sigue siendo desconocida. Y lo que no se nombra suele ser ignorado; lo que se ignora, con frecuencia se margina.
Yo, Mariana, crecí sin referentes. Sin escuchar jamás un “yo también”. Sin encontrar historias parecidas a la mía. Esa ausencia pesa más de lo que muchos imaginan. Cuando una persona no ve reflejada su experiencia en ningún lado, fácilmente concluye que está rota, equivocada o fuera de lugar. Y esconderse demasiado tiempo, duele.
Yo, Verónica, lo he dicho en otras ocasiones y hoy lo sostengo con más fuerza que nunca; no es la diferencia lo que hiere, es el rechazo. No son las condiciones humanas diversas las que lastiman, sino la burla, el prejuicio, la indiferencia y la incapacidad social de convivir con lo que se sale de la norma.
Creo que necesitamos construir una sociedad menos obsesionada con clasificar y más dispuesta a acompañar. Menos rápida para opinar y más humilde para escuchar. No todo cabe en categorías simples. La realidad humana es más amplia, más compleja y bastante más rica que nuestros viejos formularios mentales.
Yo, Mariana, tardé años en comprender que no tenía que explicarme ni justificarme para merecer respeto. Durante mucho tiempo pensé que primero debía encajar y después existir. Hoy sé que era exactamente al revés. Primero existo. Primero soy. Después, si quiero, comparto mi historia. Y ese aprendizaje no debería tomar una vida entera.
Necesitamos hogares donde preguntar no sea pecado. Escuelas donde la diferencia no sea castigo. Consultorios donde acompañar pese más que imponer. Espacios públicos donde la curiosidad no venga disfrazada de agresión. Medios de comunicación capaces de informar con sensibilidad y sin morbo.
Visibilizar no adoctrina…informar no amenaza. Escuchar no destruye valores, ¡al contrario! Fortalece sociedades maduras, democráticas, plurales y decentes.
Pero, tampoco se trata de romantizar procesos difíciles. Hay etapas de confusión, dolor y soledad reales, sí. Hay heridas profundas. Hay años que no regresan. Pero incluso desde ahí puede surgir algo poderoso; desde ahí se puede evitar que otras personas recorran el mismo camino en silencio.
Por eso, hoy escribimos juntas.
Porque ninguna persona debería sentirse obligada a justificarse para ser quien es. Porque ninguna vida merece esconderse para que otros se sientan cómodos. Porque la dignidad no depende de estadísticas, mayorías ni aprobaciones externas.
Y porque a veces basta una verdad dicha a tiempo para cambiar una vida…existes, y eso es suficiente.
____
Nota del editor: Verónica Salame (Instagram @veronica_salame) es una activista social en pro de la igualdad de género, impulsora del proyecto MuXejeres. Miembro del Women International Zionist Organization (WIZO), ex presidenta de la mesa de consejo de Children International. Actualmente es Vicepresidenta de la Red Internacional de Mujeres Empresarias y Líderes, RIMEL México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión