Ser madre en México sigue siendo una experiencia atravesada por contradicciones. Se idealiza, se romantiza y se celebra cada 10 de mayo, pero al mismo tiempo se vive en condiciones estructurales adversas que pocas veces se reconocen en el debate público. La maternidad, más que una elección acompañada por el Estado y el mercado, suele ser una responsabilidad individual asumida en soledad.
Maternidad en México en el contexto del Día de las Madres
El reto no es menor. Las madres mexicanas enfrentan jornadas dobles o triples, brechas salariales persistentes, falta de servicios de cuidado, licencias de maternidad limitadas y una cultura laboral que penaliza la crianza. Todo esto tiene efectos directos en la economía, pues a menor participación laboral femenina, mayor pérdida de talento, mayor rotación constante y menor productividad.
Desde una perspectiva empresarial y de emprendimiento, este escenario representa también una enorme área de oportunidad. Las organizaciones que entienden la maternidad como parte de la vida, y no como una anomalía que hay que tolerar, están mejor posicionadas para atraer y retener talento. Flexibilidad laboral, esquemas híbridos, licencias parentales equitativas y políticas de cuidado no son beneficios marginales, sino ventajas competitivas.
A nivel país, el desafío es más profundo. La maternidad no puede seguir siendo un factor de empobrecimiento. Hoy, tener hijos en México incrementa el riesgo de precariedad económica para las mujeres, especialmente para quienes crían solas. Este fenómeno no solo es injusto, sino insostenible en una sociedad que envejece y que necesitará, cada vez más, de una población económicamente activa sólida.
El “Día de las Madres” suele llenarse de flores y discursos emotivos, pero rara vez de conversaciones incómodas sobre corresponsabilidad, políticas públicas o sistemas de cuidado. Reconocer a las madres no debería limitarse a agradecer su sacrificio, sino a reducir la necesidad de que sacrifiquen tanto.
Pensar la maternidad como un tema económico, laboral y social (no únicamente privado) es una de las claves para avanzar hacia un modelo de desarrollo más equitativo. Porque cuando ser madre deja de ser un obstáculo, no solo ganan las mujeres, gana toda la sociedad.
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La ausencia de sistemas de cuidado robustos es uno de los principales cuellos de botella. Guarderías insuficientes, horarios incompatibles con la jornada laboral y servicios de baja calidad trasladan el costo del cuidado casi por completo a las familias, y dentro de ellas, a las mujeres; carga invisible que condiciona decisiones clave, desde aceptar o no un empleo, hasta emprender, ascender o permanecer en el mercado laboral formal.
El problema se agrava cuando se observa desde una perspectiva de desigualdad. No todas las madres enfrentan las mismas condiciones. Mientras algunas pueden pagar cuidados privados o acceder a esquemas laborales flexibles, otras dependen de redes familiares precarias o abandonan por completo el trabajo remunerado. La maternidad, en estos casos, profundiza brechas de clase y limita la movilidad social, perpetuando ciclos de pobreza que se heredan de generación en generación.
También es necesario cuestionar el diseño de las licencias parentales. En México, la maternidad sigue estando sobrerregulada y la paternidad subatendida. Licencias de paternidad mínimas refuerzan la idea de que el cuidado es una responsabilidad femenina y generan incentivos perversos para el mercado laboral, que percibe a las mujeres en edad reproductiva como un riesgo. Avanzar hacia esquemas más equitativos no es solo un tema de justicia, sino de eficiencia económica.
Desde el ámbito fiscal, apoyar a las madres no debería verse como un gasto asistencial, sino como una inversión estratégica. Países que han apostado por políticas integrales de cuidado, transferencias bien diseñadas y servicios públicos de calidad han logrado mayores tasas de participación laboral femenina y mejores indicadores de bienestar. México no necesita inventar el modelo, necesita voluntad para priorizarlo y adaptarlo a su realidad.
El sector privado tiene un papel clave, pero no puede ni debe actuar solo. Sin marcos regulatorios claros y políticas públicas que acompañen, las buenas prácticas quedan limitadas a nichos. La corresponsabilidad entre Estado, empresas y hogares es indispensable para que la maternidad deje de ser una desventaja estructural y se convierta en una etapa de la vida compatible con el desarrollo profesional y económico.
Quizá el mayor reto sea cultural. Dejar de ver a la maternidad como un asunto privado y empezar a tratarla como lo que es, un pilar del funcionamiento social y económico. Si criar a la siguiente generación es fundamental para el futuro del país, entonces apoyar a quienes lo hacen debería ser una prioridad colectiva, no una carga individual.
Este 10 de mayo, más allá de las celebraciones, vale la pena preguntarnos qué tan coherente es un modelo de desarrollo que dice valorar a las madres, pero no les garantiza condiciones dignas para maternar.
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Nota del eitor: Alba Yaneli Bello es jueza de distrito en retiro. Síguela en Instagram como @Lalicbello Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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