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La igualdad que no llega

La igualdad no llegará por inercia. Exige liderazgo y una transformación cultural que todavía estamos lejos de completar.
vie 06 marzo 2026 06:02 AM
La igualdad que no llega
En México, solo 46% de las mujeres participa en el mercado laboral remunerado, según datos recopilados por el IMCO. De aquellas que no buscan empleo, aproximadamente la mitad no lo hace por falta de redes de cuidado para hijos, adultos mayores o familiares enfermos. (Foto: iStock)

En estas fechas que se conmemora el Día Internacional de la Mujer conviene incomodarnos con los datos. El más reciente informe Mujeres, negocios y legislación del Banco Mundial es categórico: la igualdad en el trabajo entre hombres y mujeres no existe en ningún país . Incluso donde hay leyes de igualdad laboral, éstas se aplican apenas en la mitad de los casos. La brecha no es solo normativa; es cultural y, sobre todo, una cuestión de poder.

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Como abogada, me interesa subrayar la distancia entre la letra de la ley y su eficacia real. Hemos sofisticado marcos jurídicos, incorporado principios de no discriminación y ampliado derechos de maternidad y paternidad. Sin embargo, las mujeres siguen enfrentando restricciones explícitas o implícitas sobre el tipo de trabajo que pueden realizar, los negocios que pueden emprender y las condiciones de seguridad en las que desarrollan su vida profesional. La modernización legal no ha ido acompañada de una transformación cultural equivalente, y esa asimetría termina por vaciar de contenido muchos avances formales.

Desde hace más de 70 años, las mujeres salimos a ocupar el espacio público sin que el ámbito privado se reconfigurara como consecuencia de lo anterior. Formal y legamente, se reconocieron y otorgaron permisos de paternidad y se implementaron esquemas de flexibilidad en el trabajo, pero culturalmente aún se mira con sospecha al hombre que decide ejercerlos. La consecuencia es un sistema desequilibrado: más mujeres en el mercado laboral, pero con la carga histórica del cuidado prácticamente intacta.

En México, solo 46% de las mujeres participa en el mercado laboral remunerado, según datos recopilados por el IMCO . De aquellas que no buscan empleo, aproximadamente la mitad no lo hace por falta de redes de cuidado para hijos, adultos mayores o familiares enfermos. Para alcanzar una participación similar al promedio de la OCDE, el país necesitaría incorporar 18.6 millones de mujeres a la economía; al ritmo actual, tardaríamos 56 años en cerrar esa brecha. No es una discusión estadística, sino un diagnóstico sobre el potencial de crecimiento que estamos dispuestos a desperdiciar.

La brecha salarial comienza en el hogar, en la distribución desigual del tiempo que las personas dedican a los cuidados de otras personas. Un estudio del Foro Económico Mundial muestra que menos de la mitad de los hombres utiliza todo el tiempo de licencia disponible tras el nacimiento o adopción de un hijo, y muchos reportan temores de discriminación profesional o afectación en promociones si ejercen ese derecho. Persisten estereotipos profundamente arraigados: mujeres asociadas con el cuidado; hombres que tienen la carga de la provisión económica y la competencia. Mientras esas narrativas no cambien, las políticas seguirán siendo, en buena medida, declaraciones aspiracionales.

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Hace poco me encontré con una abogada con quien trabajé hace años y que acaba de tener a su primer bebé. Me contó que regresó a trabajar tras su licencia de maternidad y que su marido, empleado de un banco internacional, tomaría su licencia de paternidad de seis meses. Me sorprendió gratamente, no porque sea un gesto heroico, sino porque encarna algo que debería ser ordinario: la crianza como responsabilidad compartida. Ese bebé estará sus primeros meses de vida bajo el cuidado directo de alguno de sus padres. Cuando esto es posible, debería asumirse como estándar y no como excepción a celebrarse.

Sin un sistema integral de cuidados, la conversación sobre igualdad permanece incompleta. Necesitamos más guarderías, esquemas empresariales de cofinanciamiento y profesionalización del trabajo de cuidado. Quienes son sujetos de cuidados, hijos, adultos mayores y personas enfermas, requieren infraestructura y atención social. Reconocer la economía del cuidado implicaría rediseñar la arquitectura productiva del país y tendría efectos directos en el ahorro, la seguridad social y las pensiones. Muchas mujeres que no trabajan fuera del hogar no cotizan ni planifican su retiro; paradójicamente, son quienes vivirán más años y quienes asumirán mayor carga de cuidado en la vejez. La desigualdad de hoy es, también, precariedad futura.

Viví de primera mano las consecuencias de esta estructura. Al inicio de mi carrera profesional, más de la mitad de las abogadas con las que compartía generación abandonaron la profesión al convertirse en madres. Era común escuchar que no debía contratarse a mujeres jóvenes porque “se iban a ir”. Hoy existe mayor apertura y más modelos a seguir, pero el riesgo persiste: basta que una mujer sea amedrentada o vetada en su crecimiento tras ejercer su maternidad para enviar un mensaje disuasivo a muchas otras. Las organizaciones que miran a largo plazo entienden que unos meses de licencia son una inversión marginal frente a décadas de talento, liderazgo y rentabilidad.

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Los despachos y las empresas deben hacer espejo de sus propias políticas y promover activamente que los hombres ejerzan sus permisos de paternidad. Visibilizar sin sancionar la maternidad o la paternidad no es una concesión ideológica, sino una decisión estratégica que incide en la retención de talento y en la sostenibilidad del negocio.

Pero hablar de igualdad laboral sin abordar la violencia es un ejercicio incompleto. Seguimos teniendo la carga mental de prevenir cuando caminamos por las calles con cautela, cuando tenemos que decidir que ropa vestir si vamos a caminar unas cuadras o subirnos al transporte público. La violencia psicológica, emocional, económica y física persiste en entornos cercanos, aunque preferimos pensar que es un fenómeno ajeno. Cuando una mujer quiere mejorar sus condiciones de vida y no puede porque es discriminada, el sistema falla; pero cuando quiere hacerlo y no puede porque es violentada, el fracaso es estructural y la solución nos corresponde a todos.

No todos los hombres violentan, pero en casi todos los casos, la violencia la genera un hombre. Casos extremos, desde la mutilación genital en algunos países africanos hasta marcos normativos que legitiman la opresión femenina en Afganistán, nos recuerdan que el retroceso respecto de los derechos de las mujeres es muy fácil. La igualdad no es una línea ascendente irreversible; requiere vigilancia y un compromiso sostenido.

¿Por qué marcho este año? Porque la igualdad formal no basta; porque la corresponsabilidad no puede seguir siendo retórica; porque la economía del cuidado exige inversión y rediseño institucional; y porque ninguna mujer debería elegir entre su seguridad, su maternidad y su desarrollo profesional. La igualdad no llegará por inercia. Exige liderazgo y una transformación cultural que todavía estamos lejos de completar.

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Nota del editor: María Teresa Paillés es socia de Pérez-Llorca en las áreas de Inmobiliario y M&A. Es fundadora de AbogadasMX, ONG que promueve el desarrollo profesional de mujeres que ejercen la profesión legal en México. Asimismo, fue presidenta de la organización y actualmente forma parte de su Consejo Directivo. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

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