El reciente brote de sarampión en México —una enfermedad que pensábamos controlada— ha vuelto a encender alertas sanitarias. Se habla de coberturas, de campañas urgentes de vacunación, de responsabilidades institucionales. Pero hay algo que rara vez entra en la conversación; y es que cuando el sistema se tensiona, la gestión práctica de la salud vuelve a instalarse en casa. Y dentro de casa, vuelve a recaer, mayoritariamente, en las mujeres.
Esto no es una coincidencia ni una cuestión de vocación. Es el resultado de décadas en las que el cuidado —incluida la gestión de la salud— se asignó culturalmente como una responsabilidad femenina. Mientras el trabajo remunerado se reconocía como productividad, la organización de consultas médicas, la vigilancia de síntomas y el acompañamiento en hospitales se asumían como parte “natural” del rol de las mujeres. No como trabajo. No como carga. No como tiempo invertido.
Pero esa responsabilidad no se queda en lo simbólico. Se traduce en tiempo. En salidas anticipadas del trabajo. En permisos improvisados. En llamadas desde la oficina para confirmar una receta o reagendar una consulta. En la sensación constante de estar dividida entre la urgencia del hospital y la exigencia del horario laboral.
Con el paso de los años, esas pequeñas interrupciones construyen trayectorias distintas. No necesariamente menos talentosas, pero sí más interrumpidas. La salud familiar, cuando descansa casi por completo en las mujeres, termina influyendo en su disponibilidad, en sus ascensos y, en muchos casos, en sus ingresos.
No es una percepción aislada. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del Inegi, las mujeres en México dedican más del doble de horas que los hombres al trabajo de cuidados no remunerado. La gestión de la salud forma parte de ese universo invisible que rara vez se contabiliza, pero que ocupa tiempo, energía y atención constante.