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¿Quién gestiona la salud cuando el sistema se tensiona?

La salud familiar, cuando descansa casi por completo en las mujeres, termina influyendo en su disponibilidad, en sus ascensos y, en muchos casos, en sus ingresos.
mar 24 febrero 2026 06:04 AM
Quién gestiona la salud cuando el sistema se tensiona
Repensar cómo se organiza la salud en casa no es un tema menor. Es preguntarnos quién asume qué, y por qué. Mientras sigamos entendiendo la salud como algo que “alguien en casa resuelve”, la desigualdad seguirá reproduciéndose, considera Laura Tamayo.(iStock)

En la mayoría de los hogares mexicanos hay alguien que lleva la cuenta de las vacunas, sabe dónde está la cartilla, recuerda cuándo toca el refuerzo y detecta cuándo la fiebre ya no es “normal”. Casi siempre es una mujer.

Es ella quien agenda consultas, organiza medicamentos, pide segundas opiniones y decide cuándo es momento de ir al hospital. No figura en estadísticas laborales ni en presupuestos públicos, pero sostiene, día a día, la salud de su familia.

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El reciente brote de sarampión en México —una enfermedad que pensábamos controlada— ha vuelto a encender alertas sanitarias. Se habla de coberturas, de campañas urgentes de vacunación, de responsabilidades institucionales. Pero hay algo que rara vez entra en la conversación; y es que cuando el sistema se tensiona, la gestión práctica de la salud vuelve a instalarse en casa. Y dentro de casa, vuelve a recaer, mayoritariamente, en las mujeres.

Esto no es una coincidencia ni una cuestión de vocación. Es el resultado de décadas en las que el cuidado —incluida la gestión de la salud— se asignó culturalmente como una responsabilidad femenina. Mientras el trabajo remunerado se reconocía como productividad, la organización de consultas médicas, la vigilancia de síntomas y el acompañamiento en hospitales se asumían como parte “natural” del rol de las mujeres. No como trabajo. No como carga. No como tiempo invertido.

Pero esa responsabilidad no se queda en lo simbólico. Se traduce en tiempo. En salidas anticipadas del trabajo. En permisos improvisados. En llamadas desde la oficina para confirmar una receta o reagendar una consulta. En la sensación constante de estar dividida entre la urgencia del hospital y la exigencia del horario laboral.

Con el paso de los años, esas pequeñas interrupciones construyen trayectorias distintas. No necesariamente menos talentosas, pero sí más interrumpidas. La salud familiar, cuando descansa casi por completo en las mujeres, termina influyendo en su disponibilidad, en sus ascensos y, en muchos casos, en sus ingresos.

No es una percepción aislada. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del Inegi, las mujeres en México dedican más del doble de horas que los hombres al trabajo de cuidados no remunerado. La gestión de la salud forma parte de ese universo invisible que rara vez se contabiliza, pero que ocupa tiempo, energía y atención constante.

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Quizá el problema no es solo que ocurra, sino que lo hemos dado por hecho. Durante años, el funcionamiento cotidiano del sistema de salud ha descansado también en esa red doméstica que organiza, anticipa y resuelve. Alguien revisa la cartilla antes de que la escuela la pida. Alguien detecta síntomas antes de que se compliquen. Alguien insiste en una consulta cuando la primera respuesta no convence.

Esa cadena de decisiones no aparece en informes oficiales, pero hace que muchas cosas funcionen. No es neutra. Tiene tiempo, energía y desgaste. Y casi siempre tiene el mismo rostro.

Si reconocemos que esa red doméstica existe, la conversación cambia. Ya no se trata solo de quién agenda una consulta, sino de cómo evitamos que el sistema dependa silenciosamente de esa disponibilidad femenina.

Una primera línea es fortalecer la prevención pública de manera sostenida. No como reacción ante una crisis, sino como política permanente. Que vacunarse no implique perder medio día de trabajo. Que los centros de salud tengan horarios compatibles con la jornada laboral. Que la información sea clara y accesible, sin obligar a las familias a convertirse en investigadoras improvisadas. Cada barrera logística que enfrenta una familia termina traduciéndose en tiempo que alguien —casi siempre una mujer— debe reorganizar.

Una segunda pasa por incorporar la corresponsabilidad en el diseño laboral. Atender una emergencia médica no debería interpretarse como falta de compromiso profesional. Los permisos para acompañar a un hijo o a un familiar enfermo no tendrían que recaer automáticamente en ellas. Normalizar la flexibilidad para hombres y mujeres, y dejar de premiar la disponibilidad absoluta como sinónimo de liderazgo, es parte de esa transformación.

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Hay además un tercer eje menos visible, pero igual de importante: reconocer que la organización sanitaria es trabajo. Es memoria, es anticipación, es coordinación constante. No es solo “estar pendiente”. Nombrarlo como tal es el primer paso para redistribuirlo y para dejar de asumir que ese tiempo es infinito y que esa energía no tiene costo.

No se trata de trasladar toda la responsabilidad al Estado ni de convertir la vida doméstica en política pública. Se trata de admitir que la salud es un bien colectivo y que su gestión no puede seguir descansando, casi por inercia, en las mujeres.

Tal vez este brote sea una oportunidad para revisar aquello que hemos dado por hecho. Durante años, el sistema ha funcionado apoyándose en una organización doméstica que rara vez se reconoce. No porque sea invisible, sino porque hemos decidido no mirarla como parte del engranaje.

Repensar cómo se organiza la salud en casa no es un tema menor. Es preguntarnos quién asume qué, y por qué. Mientras sigamos entendiendo la salud como algo que “alguien en casa resuelve”, la desigualdad seguirá reproduciéndose, incluso cuando las cifras oficiales parezcan alentadoras.

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Nota del editor: Laura Tamayo es Directora de Asuntos Públicos, Comunicación y Sustentabilidad en Bayer México. Síguela en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente a la autora.

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