Ana, una prestigiosa diseñadora trabaja 14 horas diarias aproximadamente. Su código de vestimenta está siempre en excelencia y ama su perfeccionismo como si de una insignia laboral se tratara.
A sus 45 años se encuentra en la cima de su carrera y sin haberse dado el tiempo para formar la familia que ella hubiera deseado. No es madre pero sí es
PANK
(término que define a las tías profesionistas que no son madres pero adoran a su sobrinas/os), motivo por el cual apapacha a su sobrina con espléndidas experiencias.
Hace unas semanas, Ana se asombró cuando su médico le comunicó que su presión arterial había llegado a un nivel peligrosamente alto. El médico le preguntó qué tal estaba manejando sus niveles de estrés, a lo que ella respondió que no había nada en su vida que no pudiera controlar salvo ciertas noches en las que duerme tres horas diarias.
Ana estaba en problemas y ni siquiera estaba consciente de ello. Su lema de ‘siempre ser la mejor’ la llevaba a una autoexigencia enorme y a creer que su excelente sueldo era resultado de su profesionalismo, sin estar dispuesta a dar un paso atrás en este tema.
Se resistía a hacer caso a la recomendación médica de bajar su ritmo de trabajo. Y es que sí, se necesita valentía para decir que sí al descanso en una cultura donde la productividad y el agotamiento crónico es visto como un símbolo de estatus.
Su creencia de siempre ser la mejor la llevaba a únicamente identificar los beneficios de ser así: ingresos excepcionalmente altos, ser respetada en su trabajo, la admiración de quienes le rodean y ser un modelo para su sobrina.
A veces es difícil abrir los ojos a nuestra realidad y por eso la terapia ayuda mucho. Le pedí a Ana que le hiciera estas preguntas a sus seres queridos “¿Qué de lo que hago debería seguir haciendo y qué crees que debería hacer distinto?”. En otras palabras, le pedí que solicitara retroalimentación para identificar si la opinión de quienes la conocen le hacían sentido, a fin de analizar los precios que estaba pagando por comportarse así.
Sus conclusiones fueron: no tiene tiempo para divertirse, siente ansiedad frecuentemente (quizá por eso su presión es alta), casi no tiene amigos, le molesta que los demás no trabajen como deben, casi nunca ve a su sobrina por exceso de trabajo, varias asistentes ‘le han renunciado’, y su dedicación excesiva al trabajo no le ha permitido establecer una relación estable desde hace años.
Hacer un análisis de los beneficios y los precios a pagar es una herramienta valiosa para saber si vale la pena poner en tela de juicio nuestras creencias limitantes. En tu caso, ¿tu esfuerzo por siempre ser la mejor se parece al caso de Ana?
El reto más grande es analizar si modificar esta creencia implica perder todos los beneficios.
Por ejemplo, Ana pensaba que sus excelentes ingresos eran gracias a su dedicación al trabajo, pero ¿será que sus ingresos se esfumarían si trabajara menos intensamente? Quizá sí se reduzcan algo al principio, pero al sentir menos ansiedad, tal vez hasta su eficacia aumentaría.