¿Quién intentaría enfrentar un problema complejo usando solo la mitad de las ideas disponibles? Nadie, en teoría. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que seguimos haciendo cuando hablamos de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, las llamadas STEM. Es más, ni siquiera aprovechamos la mitad.
¿Cómo resolver el futuro con menos de la mitad del talento?
¿A qué me refiero? A escala global, la Unesco estima que las mujeres representan alrededor de un tercio de la comunidad científica, una proporción que se ha mantenido prácticamente estable durante años. En México, el panorama también es limitado. Apenas una quinta parte de los empleos en STEM están ocupados por mujeres y su presencia en roles de liderazgo sigue siendo excepcional.
Este rezago tiene un nombre que a menudo olvidamos fuera de la economía: costo de oportunidad. En términos simples, es aquello a lo que renunciamos cuando decidimos no tomar un camino. En el caso de la brecha de género en STEM, no atenderla significa limitar nuestra capacidad para responder a desafíos globales urgentes, como el cambio climático.
Basta mirar la expansión de la Inteligencia Artificial, que está incrementando el consumo energético, justo cuando los recursos son más escasos y los compromisos climáticos más exigentes. Enfrentar este reto, como muchos otros, requiere equilibrar innovación, creatividad y sostenibilidad, algo que solo es posible cuando se incorporan distintas miradas y experiencias.
Además, los costos de esta exclusión se expresan tanto en lo económico como en lo social. Prescindir de una parte del talento científico impacta directamente en indicadores como la productividad laboral, la generación de patentes, la capacidad de atraer inversión en sectores de alto valor agregado y el crecimiento de empleos calificados. En el plano social, se traduce en menor movilidad social, brechas salariales persistentes y una representación limitada en los espacios donde se definen soluciones que inciden en bienestar, salud y desarrollo.
Por ello, revertir esta situación tiene efectos directos en la calidad de vida, tanto en el plano individual como en el estructural. En las trayectorias personales, puede significar un punto de inflexión para que una estudiante no abandone una carrera que le apasiona, que una investigadora logre consolidar su trabajo y visibilizarlo, o que una profesional llegue a espacios donde sus decisiones inciden.
En el plano macro, la incorporación de esta diversidad transforma la manera en que se definen los problemas y se toman decisiones: amplía las preguntas, reduce los puntos ciegos y da lugar a soluciones más sólidas. Esto se traduce, por ejemplo, en ciudades diseñadas para distintos patrones de movilidad, tecnologías de salud que integran variables de género o herramientas digitales concebidas para minimizar sesgos.
¿Dónde empieza el cambio?
Frente a este panorama, resulta insostenible dejar que la brecha de género en STEM continúe. Existen muchas propuestas para atenderla, pero hay un punto de partida ineludible: la educación. Vale la pena detenernos ahí, justo en el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Desde ese lugar, cuatro factores merecen especial atención.
Primero, la colaboración internacional como vía para ampliar las oportunidades educativas de las mujeres en STEM. Estudiar en otros países abre acceso a programas, laboratorios y enfoques no disponibles localmente. Esta cooperación permite acceder a apoyos financieros, estancias académicas, programas conjuntos y redes digitales de investigación, generando masa crítica, circulación de conocimiento y vínculos profesionales que fortalecen las capacidades locales.
Segundo, abrir oportunidades educativas requiere acompañamiento integral, más allá de cubrir colegiaturas. Existen costos invisibles que se convierten en barreras reales: desde certificaciones de idioma, exámenes estandarizados y trámites complejos. Hay trayectorias prometedoras que, incluso, se quedan a medio camino por algo que parece menor, a saber, la falta de guía.
Tercero, hay que ir más allá de la licenciatura e impulsar posgrados para mujeres en STEM. Ahí se forman las investigadoras que liderarán equipos, las especialistas que influirán en políticas públicas y las innovadoras que desarrollarán soluciones de alto impacto.
Cuarto, crear redes y visibilizar referentes importa más de lo que creemos. Ver a otras mujeres liderando proyectos científicos o tecnológicos es una motivación y señal concreta para las nuevas generaciones de que ese camino es posible y alcanzable.
El mensaje es claro. Intentar resolver los grandes retos de nuestro tiempo sin todo el talento disponible es como querer ganar un partido con un equipo incompleto. Se puede avanzar, pero el desgaste es mayor y las posibilidades de éxito disminuyen. Si queremos llegar más lejos, necesitamos a todas las personas en la cancha. Abrir las puertas de la ciencia a las mujeres y a las niñas es una condición indispensable para el progreso.
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Nota del editor: Darren Coyle es director del British Council para México y el Caribe. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.
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