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'Adulting' con propósito: madurar sin perder la magia

Hoy, muchos jóvenes crecen rodeados de comodidades que, aunque maravillosas, creo que también les roban la oportunidad de enfrentarse a la frustración, a la espera y al esfuerzo que forja el carácter.
lun 29 diciembre 2025 07:00 AM
Adulting con propósito: madurar sin perder la magia
El verdadero reto del 'adulting': entender que hacerse adulto no es perder la libertad ni la alegría, sino aprender a sostenerlas desde la madurez. Ser adulto no debería vivirse como una condena, sino como una conquista personal, considera Verónica Salame.(iStock)

Queridas y queridos amigos, aquí nuevamente su amiga cincuentona. Vuelvo a este espacio con taza de café en mano, dispuesta a continuar con la conversación acerca de esos términos modernos que las nuevas generaciones han puesto de moda; hoy quiero hablar con ustedes del adulting. ¿Te suena? Aquí lo platicamos.

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Sí, esa palabrita que usan para describir el arte (o el intento) de ser adultos responsables: pagar cuentas, mantener una casa, cuidar la salud mental, cumplir horarios, ahorrar, cocinar…en fin, hacer todo eso que llega con el temido “mundo adulto”.

Y les confieso algo: cuando escuché por primera vez el término “adulting”, me causó una sonrisa; porque pensé, ¿en qué momento ser adulto se volvió una tendencia o una carga que necesita nombre propio?

Pero luego reflexioné y entendí: no se trata de flojera, ni de incapacidad. Es el reflejo de una época distinta, en la que crecer no significa lo mismo que antes. Hoy los jóvenes viven en un mundo que avanza a una velocidad vertiginosa, donde las comparaciones son instantáneas y la validación parece medirse en likes. Y en medio de ese torbellino digital, la idea de “madurar” puede sentirse abrumadora.

Cuando tenía 20 años, no existía la posibilidad de “pausar la vida”. Uno trabajaba, estudiaba, ayudaba en casa y poco a poco iba aprendiendo a sostenerse. Hoy, sin embargo, muchas y muchos jóvenes crecen rodeados de comodidades que, aunque maravillosas, creo que también les roban la oportunidad de enfrentarse a la frustración, a la espera y al esfuerzo que forja el carácter.

No es su culpa; no vine a señalar. Es el entorno. Vivimos en una cultura de inmediatez donde todo está a un clic: comida, series, amistades, parejas, incluso trabajo. Pero la vida real, esa que se construye con paciencia, compromiso y responsabilidad, no tiene “modo exprés”.

Y aquí es donde entra el verdadero reto del adulting: entender que hacerse adulto no es perder la libertad ni la alegría, sino aprender a sostenerlas desde la madurez. Ser adulto no debería vivirse como una condena, sino como una conquista personal.

Desde mi punto de vista, la independencia no llega con una edad, llega con la decisión de hacerse cargo de uno mismo, de una misma, con todo lo que eso implica: asumir errores, pagar consecuencias, celebrar logros y, sobre todo, mantenerse de pie cuando las cosas no salen como esperábamos.

Desde mi mirada cincuentona (esa que ya ha tropezado, aprendido y vuelto a empezar más de una vez), puedo decirte que ser adulto no tiene que ser glamouroso, pero sí es profundamente liberador, porque cuando te haces responsable de tu vida, también te haces dueño de tus decisiones, y eso, queridas, queridos, no tiene precio.

Entiendo a quienes sienten vértigo ante la idea de “hacerse adultos”. Las redes sociales muestran versiones perfectas de la adultez: viajes, oficinas elegantes, desayunos fotogénicos. Pero nadie sube las fotos de las cuentas por pagar, de las lágrimas frente al espejo o del miedo a no saber si lo estás haciendo bien. ¡La adultez es eso!: luces y sombras. Y mientras más rápido aceptes que no hay manual perfecto, más fácil será disfrutar el viaje.

Por eso, si estás en ese punto en el que la vida te exige crecer, no huyas. No veas al adulting como un enemigo, sino como un maestro. Madurar no significa dejar de soñar; significa aprender a sostener tus sueños con responsabilidad. Significa entender que la libertad sin compromiso se vuelve vacía, y que el verdadero crecimiento se da cuando eres capaz de responder por ti mismo, sin culpar al pasado ni depender de las circunstancias.

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A las nuevas generaciones les digo, con el cariño de quien ya cruzó ese puente: no le tengan miedo a crecer. Hacerte adulto es como aprender a andar en bicicleta sin manos; al principio da miedo, pero luego descubres que el equilibrio está en tu propio centro.

Y a mis contemporáneos, a quienes ya transitamos varias etapas, les recuerdo que nunca dejamos de adultar. Todos seguimos aprendiendo, fallando, madurando y corrigiendo. La vida adulta no es un destino, es un proceso continuo.

Así que sigamos acompañándonos, con humor, paciencia y un poco de ironía, porque al final todos estamos en el mismo barco, tratando de mantenernos a flote en este mar de responsabilidades, sueños y aprendizajes. Nos leemos pronto.

Con todo mi cariño,Tu amiga cincuentona.

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Nota del editor: Verónica Salame (Instagram @veronica_salame) es una activista social en pro de la igualdad de género, impulsora del proyecto MuXejeres. Miembro del Women International Zionist Organization (WIZO), ex presidenta de la mesa de consejo de Children International. Actualmente es Vicepresidenta de la Red Internacional de Mujeres Empresarias y Líderes, RIMEL México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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