“A las mujeres se nos ha enseñado a soportar el dolor en silencio”. — Gloria Steinem, escritora y activista.
La costumbre de aguantar, una deuda pendiente con la salud femenina
Hablar de salud femenina en México suele tocar una fibra sensible. No porque falte información médica —nunca habíamos tenido tanto acceso a ella—, sino porque muchas mujeres seguimos creciendo con la idea de que el malestar es parte inevitable de nuestra vida. Dolores que se minimizan, ciclos que se “aguantan”, señales del cuerpo que se interpretan como algo normal y revisiones que se posponen porque siempre hay algo más urgente. No es desinformación, más bien es una costumbre profundamente arraigada.
Desde muy jóvenes aprendemos, de forma explícita o silenciosa, que incomodarnos es parte de ser mujer. Que el dolor “va incluido”, que exagerar no está bien visto, que atendernos puede esperar. Esa narrativa tiene consecuencias reales: diagnósticos tardíos, enfermedades que avanzan en silencio y una carga emocional que pocas veces se reconoce. Cuando una mujer ignora una señal de su cuerpo, casi nunca es por descuido, sino porque ha sido educada para poner su bienestar al final de la lista.
A lo largo de los años, tanto desde mi experiencia personal como profesional, he visto que uno de los mayores desafíos no está únicamente en los procedimientos médicos, sino en la forma en la que hablamos —o dejamos de hablar— de la prevención, misma que todavía se percibe como un lujo, cuando en realidad debería ser una práctica básica de autocuidado. La consulta ginecológica sigue asociándose al embarazo o a la urgencia y no al acompañamiento constante de la salud integral a lo largo de todas las etapas de la vida.
También persiste una brecha importante en la escucha. Muchas mujeres comparten historias similares: no acudir al médico durante años y que sus síntomas se atribuyan al estrés, a la edad o a “cambios normales”. Esa experiencia desgasta, genera desconfianza y con el tiempo, refuerza el silencio. Cuando el sistema no valida lo que sentimos, aprendemos a dudar de nuestro propio cuerpo.
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El impacto de esta normalización va mucho más allá de lo individual. Una mujer que vive con dolor crónico o con padecimientos no atendidos ve afectada su calidad de vida, su trabajo y su entorno cercano. Aun así, la salud femenina sigue tratándose como un tema secundario dentro de la conversación pública, cuando en realidad atraviesa la estabilidad familiar, social y porque no incluirlo, hasta la estabilidad económica del país.
Necesitamos avanzar hacia una visión distinta: entender la salud femenina como un proceso continuo y no como una serie de episodios aislados. Eso implica educación, acceso oportuno y sobre todo, un cambio de narrativa. Dejar de romantizar la resistencia al dolor y entender que cuidarse no es sinónimo de fragilidad, sino de responsabilidad con una misma y con quienes nos rodean.
La tecnología puede ser una gran aliada en este camino; facilita diagnósticos tempranos, da seguimiento y permite tomar decisiones mejor informadas. Pero ninguna innovación sustituye lo esencial: escuchar con atención, explicar con claridad y acompañar con empatía, la medicina, al final, sigue siendo una relación humana.
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Si queremos cambiar el rumbo de la salud femenina en México, el primer paso es cuestionar la costumbre de aguantar. Reconocer que no es normal vivir con dolor constante, que no es normal postergar revisiones durante años y que no debería existir culpa por atenderse. Modificar esa percepción puede salvar vidas, pero también puede devolver algo igual de valioso; la tranquilidad de sentirse escuchadas y validadas.
La salud femenina no necesita discursos ostentosos, ni promesas futuristas. Necesita atención temprana, diálogo honesto y una sociedad dispuesta a dejar atrás la idea de que aguantar es fortaleza. Porque cuidar la salud de las mujeres no es un favor ni una concesión, es una deuda histórica que todavía estamos a tiempo de saldar.
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Nota del editor: Aránzazu Canal Lavíne es Directora de Operaciones en Reina Madre. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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