Quizá lo primero que te venga a la mente es que tuve un problema de infertilidad biológica y por eso no pude ser mamá. No, lo mío fue un tanto distinto: se llama infertilidad social.
Te pongo un poco en contexto. Cuando tenía veintitantos tenía otras metas: estudiar, encontrar trabajo y conseguir independencia económica. Y sí, estas son algunas de las etapas que las mujeres esperamos tener resueltas antes del ‘‘momento óptimo’’ para tener hijes.
El problema es que este ideal de vida cada vez es más difícil conseguir antes de los 30 años. Pero la biología no entiende de crisis económicas o circunstancias personales. A partir de los 35 años el reloj biológico avanza y disminuyen las posibilidades de embarazo.
Para mí era atemorizante escuchar en mis consultas de rutina los recordatorios de mi ginecólogo “si deseas ser mamá, debes hacerlo ya. Tu edad no podrá esperarte mucho más”.
Pasaban los años y en cada cita me lo repetía… hasta que en una consulta el doctor insistió en su recordatorio, a lo cual, mis ojos se llenaron de lágrimas y respondiendo con vergüenza dije: “Es que a pesar de que he buscado, no he encontrado a alguien con quién formar una familia”. Me sentí insuficiente.
En ese momento yo no sabía que mi problema tenía nombre: infertilidad social.
La infertilidad social es la incapacidad de una persona para tener un hijo a causa de sus circunstancias sociales. Las razones pueden ser no tener pareja, no tener una red de apoyo para cuidar al bebé o tener una situación económica y laboral que le impide ofrecer a esa pequeña personita los mínimos estándares de seguridad y acompañamiento.
Este tipo de infertilidad se vive en un contexto adverso: a solas y en medio de mucha incomprensión. Uno de los conceptos erróneos de la infertilidad social es que se considera un problema fácil de resolver.
Las pocas veces que expresé mi tristeza por no poder formar una familia, la respuesta fue: “Es muy sencillo: solo ten un hijo y sé feliz”. Este consejo, además de simplista esconde un mensaje hiriente “tu problema es muy sencillo, así que no tienes derecho a sentir tristeza”.
En mi caso, me atormentaba oscilando entre un sentimiento de sentirme insuficiente y mi positividad tóxica. Solía decirme cosas como “así estoy bien, mi vida no es tan mala”, “debo pensar positivo y la persona adecuada llegará”. Mi error es que no se trataba solo de ‘decretar’ con el pensamiento, lo que tendría que haber hecho era accionar. Conocer personas nuevas, buscar nuevos espacios.
También debí no haberme quedado tanto tiempo en una relación en la que no me sentía cómoda. En fin, mi falsa positividad me adormeció estacionándome en una ´zona de confort´.
Pero mi historia no terminó en soledad y arrepentimiento. La vida es así: rara vez es blanco o negro. A los 40 años comencé a considerar cómo sería una vida sin hijes. Asumirlo no fue de la noche a la mañana pero me sirvió mucho acercarme a la psicología positiva.
Este enfoque desmitifica lo que creemos en relación a la felicidad. Por ejemplo, pensamos que si logramos cambiar las circunstancias de nuestra vida actual, vamos a poder ser felices. Yo solía decir “seré feliz si logro ser mamá” o “seré feliz cuando encuentre a mi pareja ideal”.
Creemos que las circunstancias tienen un peso enorme sobre qué tan felices somos.