La conmemoración del Día Internacional de la Mujer debe ser una jornada de memoria, conciencia y compromiso que represente una invitación profunda a la autocrítica, a la escucha activa y a la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad más justa.
8M. Mirar la historia con honestidad
El origen del 8 de marzo se encuentra en las luchas obreras, en la exigencia de condiciones laborales dignas y en la reivindicación de derechos políticos y civiles negados durante siglos. La historia ha sido, en buena medida, escrita y dirigida por hombres. Reconocerlo no implica culpa individual automática, pero sí exige responsabilidad colectiva frente a estructuras que han generado desigualdad y una autocrítica del sistema social, político y cultural, no solo doméstico, sino global, pues la historia no puede verse de manera aislada.
En efecto, en la sociedad está el aceptar que, como hombres, durante el paso de la historia se nos han brindado muchos privilegios, los que se han normalizado, entiéndase: acceso histórico al poder, menor carga en tareas de cuidado, así como mayor presencia en espacios de decisión. Comprender esta realidad no debilita nuestra identidad, la fortalece, porque nos permite actuar con conciencia y ética.
En esta fecha, la tentación de “explicar” el feminismo desde la voz masculina puede convertirse en una forma sutil de protagonismo indebido. El papel del hombre el 8 de marzo no es dirigir la conversación, sino escucharla, reconocer experiencias que no vivimos, validar testimonios sin minimizar y revisar conductas cotidianas que perpetúan desigualdades. De hecho, no se trata de hablar por las mujeres, sino aprender de ellas.
La igualdad sustantiva no es una concesión, es un derecho humano. Cuando las mujeres avanzan en educación, justicia, economía y política, la sociedad entera se transforma, ganando una comunidad más equilibrada, menos violenta y más democrática.
En el ámbito jurídico -tan cercano a mi vocación- el compromiso implica aplicar la perspectiva de género con rigor técnico, sensibilidad social y apego constitucional. No es un acto ideológico, sino una exigencia de acceso a la justicia.
Debemos invitarnos a cuestionar los modelos tradicionales de masculinidad que nos han enseñado a reprimir emociones, competir constantemente y asumir el poder como sinónimo de hombría.
El Día Internacional de la Mujer no es un acto simbólico de un solo día. Es un recordatorio anual y permanente de que la igualdad requiere trabajo cotidiano. Desde la perspectiva del hombre, la mejor forma de honrar esta fecha es transformar nuestras acciones, nuestros espacios laborales -crear espacios libres de violencia- y nuestras decisiones públicas.
No se trata de protagonizar la lucha, sino de acompañarla con coherencia, porque la igualdad no es un favor que se concede, es una deuda histórica que se salda con justicia.
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Nota del editor: Francisco Aja García es Doctor en Derecho. Síguelo en todas las redes sociales como @soyfranciscoaja
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