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De la desigualdad a la oportunidad: hacia la inclusión financiera de las mujeres

¿Por qué sería tan importante invertir en las mujeres para acelerar el progreso de un país como el nuestro?
mar 23 abril 2024 06:04 AM
De la desigualdad a la oportunidad: hacia la inclusión financiera de las mujeres
Al incrementarse nuestra participación en la economía formal y lograr una mayor independencia económica, se incrementa también la diversificación económica y la igualdad de ingresos en beneficio del desarrollo común de un país, señala Verónica Salcedo.

Hace unas semanas, el banco en que tengo mi nómina me ofreció un crédito para remodelación de vivienda con una tasa de interés bastante atractiva. Fácilmente, el trámite podía iniciarse a través de una aplicación digital, aunque el cierre del contrato debía hacerse de manera presencial. Cuando fui a la sucursal bancaria con todos los documentos que se solicitaban, me dijeron que no era posible dármelo aun cuando ya llevaba una carta de preaprobado y me habían llamado por celular al menos unas cinco veces para insistir en que finalizara el trámite.

Al exponerle mi caso al gerente de la sucursal me confirmó las razones que en mi propio conocimiento del fenómeno había imaginado: el bien inmueble en el que vivo no está a mi nombre, sino el de mi esposo, y no poseo alguno que sí pudiera servir de garantía; parte de mi historial de crédito proviene de una tarjeta adicional, también de mi esposo, y los créditos hipotecarios o de auto que tuve son de hace tiempo. De modo que, entre las opciones que otorga el banco, aunque tengo un buen historial de crédito, mi score crediticio no es tan alto porque los productos que uso, técnicamente, no son míos.

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Mi caso es, de hecho, bastante común entre las mujeres mexicanas. Por un lado, el nivel ingresos y la forma en la que administramos las deudas hacen que para los algoritmos de análisis de datos de los productos financieros seamos excelentes candidatas para obtener algún crédito, tanto personal como de tarjetas o hipotecario. Sin embargo, los requisitos que tradicionalmente exigen los bancos u otras instituciones de crédito no están relacionados con el nuevo rol que como mujeres tenemos en la sociedad y como agentes económicos.

Típicamente, todo esto provoca que muchas mujeres prefieran mecanismos informales de crédito, como los préstamos de familiares o amigos, las tandas o la venta de algún artículo personal en caso de necesitar dinero en el corto o mediano plazo y que, por lo tanto, se siga limitando nuestro acceso a productos o servicios financieros que ayudarían a lograr una mayor independencia económica. En el caso de mujeres emprendedoras o empresarias, obtener un financiamiento para la operación o crecimiento de sus negocios enfrenta la misma disyuntiva.

Pero más allá de las condiciones del sistema de productos y servicios financieros y su contraste con la realidad de las mujeres en México, ¿por qué sería tan importante invertir en las mujeres para acelerar el progreso de un país como el nuestro?

Hoy en día, las mujeres somos más de la mitad de su población y nuestra aportación al PIB es de cerca del 2%. Y no solo somos asalariadas: más del 35% del total de las empresas que operan en México son propiedad o están lideradas por mujeres. Adicionalmente, si consideramos el trabajo que algunas realizan como cuidadoras, en el mantenimiento y limpieza del hogar o en la crianza de los hijos, y que no es remunerado, podríamos generar en términos de ingresos un 24% más en el PIB. Aun con todo esto, las mujeres tienen una menor participación de los créditos que se otorgan comparados con los hombres como personas físicas (46% contra 48%), y si consideramos los casos de micros y pequeñas empresas lideradas por mujeres, solo entre el 8% y 11% cuentan con un crédito ( ENIF ).

Por todo esto, para las instituciones financieras, el otorgamiento de créditos a mujeres es una inversión atractiva: se ha comprobado que nuestra tasa de morosidad es menor que aquella relacionada con créditos otorgados a hombres, lo que en términos generales disminuiría la exposición de riesgo y las comisiones de los productos financieros se incrementarían por el volumen de colocaciones de créditos nuevos; pero sobre todo, la mujeres gastamos más en productos y servicios relacionados con las necesidades familiares, lo que de ser atendido financieramente generaría un círculo virtuoso en el largo plazo.

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Al incrementarse nuestra participación en la economía formal y lograr una mayor independencia económica, se incrementa también la diversificación económica y la igualdad de ingresos en beneficio del desarrollo común de un país. Se ha comprobado que en hogares con una participación económica más equitativa los niveles de violencia familiar disminuyen y las mujeres tienen una mayor participación en procesos de decisión y participación cívica y política.

Regresando a mi mal rato en la sucursal bancaria, la solución que tomé sí dista de ser, tristemente, por la que la mayoría de las mujeres optan en nuestro país: busqué otra opción formal de crédito que considerara como garantía mi capacidad de pago basada en mis ingresos y mi estabilidad financiera. Es decir, cambié de institución, sin renunciar a la formalidad y sus beneficios.

Hoy en día hay más opciones en ese sentido, pero sigue siendo tema pendiente generar una mayor cultura financiera en las mujeres (y en general en la población) para que reconozcamos, comparemos y seleccionemos las mejores opciones de financiamiento. Hacerlo nos permitiría a todos, géneros aparte, beneficiarnos del potencial que la participación de la mujer podría tener para el desarrollo del país.

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Nota del editor: Verónica Salcedo es investigadora y líder en región Occidente del FAIR Center de la Escuela de Negocios del Tec de Monterrey. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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