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La feminización de la pandemia: ¿por qué las mujeres fueron las más afectadas?

Las cifras hablan por sí mismas: las tasas de desempleo, la saturación de la carga laboral, la atención de labores de cuidado: las mujeres son las más afectadas por la pandemia, pero ¿por qué?
vie 26 febrero 2021 02:02 PM
Mujeres y crisis
La Cepal ha señalado que la pandemia de COVID-19 ha generado, hasta ahora, un retroceso de más de una década en los niveles de participación laboral de las mujeres en la región.

“No hay manera de que yo siga trabajando y cuidando a mis hijos gemelos y a mi bebé recién nacido, en casa”. Las decisiones y sentimientos de cansancio, hartazgo y ansiedad que ha experimentado desde que inició la emergencia sanitaria Isabel Erreguerena, quien dirige la organización Equis Justicia, tienen que ver, además de con el estrés de una pandemia global, con los roles de género. “Tengo gemelos de un año y seis meses y otro bebé con dos meses. Vivir la pandemia embarazada implicó un miedo constante por no saber el riesgo al que sometía al bebé y por la planeación tan detallada que se hizo para su nacimiento”, dice la abogada que trabajó durante parte de su embarazo antes de tomar una licencia de maternidad.

Entre las obligadas pruebas para descartar un posible contagio de COVID-19 antes del parto para ella y su esposo, y preparar la logística del nacimiento, complicada por la pandemia, algo se resintió. Y si bien en lo familiar salió todo bien, sus decisiones impactaron su esquema laboral, pero sobre todo en la carga de trabajo. A partir del confinamiento, el límite entre las jornadas de trabajo y cuidados se diluyen y se vuelven más pesadas, porque no se contempla el espacio para el descanso.

Una encuesta elaborada por la consultora Deloitte entre 400 mujeres de nueve países y publicada en octubre, señala que una de cada tres asegura que tiene mayor carga laboral que antes y 65%, mayores responsabilidades en el cuidado de sus hogares y familia. De ellas, 70% teme que su crecimiento profesional pueda verse afectado.

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“Es un tema complicado. Yo tenía claro que quería meter a mis hijos a los tres meses a la guardería y ya no pude hacerlo. Ahora me da miedo llevarlos por el tema de COVID-19. Sin embargo, desde mi privilegio, puedo contratar a alguien para que me apoye”, dice Erreguerena, luego de explicar que esposo tiene que acudir a su empleo de forma presencial, lo que reduce el tiempo de asistencia y cuidados compartidos en la casa.

La Organización Mundial del Trabajo (OIT, por sus siglas en inglés) advierte que datos de Brasil, Chile, Costa Rica y México muestran que las mujeres con hijos que viven en pareja han experimentado descensos más pronunciados que los hombres en la participación en la fuerza laboral. La caída está relacionada con la pandemia y es más pronunciada en el caso de las mujeres que viven con niños menores de seis años.

En México , el porcentaje de participación laboral para mujeres es de 36.5% y para mujeres con hijos de 29.1%. Mientras que para los hombres, hay una tasa de 87.6% y para hombres con hijos de 91.1%, de acuerdo a los datos de la OIT.

Vanessa García trabajaba hasta el pasado noviembre en el sector bancario. Recuerda los meses antes de su despido debido a un recorte de personal con cansancio. “Llegaba a las 7 de la noche después de recoger a mi hijo de casa de mis papás y además, yo realizaba las actividades domésticas como preparar la cena, barrer y hacer la tarea con mi hijos”. Pese a la pérdida de trabajo, ve la situación como una ventaja, porque puede pasar más tiempo con sus hijos, que también están en casa, y no tiene que hacer malabares entre las tareas domésticas y las del trabajo.

El rol de las empresas en la crisis de género

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) ha sido contundente: la pandemia de COVID-19 ha generado, hasta ahora, un retroceso de más de una década en los niveles de participación laboral de las mujeres en la región. Ante la actual crisis, las jornadas laborales se intensifican.

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“Es complejo compatibilizar la sobrecarga del trabajo remunerado con las necesidades de cuidados de los familiares en el marco de las actuales restricciones de movilidad y de los requerimientos para evitar la propagación del virus”, apunta el ‘Informe Especial COVID-19 Nº 9: La autonomía económica de las mujeres en la recuperación sostenible y con la igualdad’, publicado en febrero por la Cepal.

En este contexto, muchas mujeres han volteado a ver a proyectos como el que desde 2017 tienen en marcha Katia Moye y Regina Cabal, fundadoras de la plataforma Momlancers, que ofrece a las madres la posibilidad de regresar al mercado laboral con esquemas flexibles y tiene como objetivo transformar la cultura corporativa. Y si antes de la pandemia muchas de ellas se sentían relegadas en lo laboral por ser madres, ahora demandan aún más el apoyo de sus empresas.

“Piden que se genere más empatía en los equipos de trabajo. Y por parte de las empresas, nos han solicitado talleres de empatía hacia líderes de equipos que aún no saben manejar estas condiciones”, afirma Moye.

Cabal agrega que el balance entre vida profesional y personal hace mejor el trabajo.
“El home office hizo que todos entiendan lo que pasa con las mujeres en casa. Si no son hijos, abuelos, papás, todos están inmersos en alguna medida a las labores de cuidado y aún no están claros los límites”, explica.

Norma Godínez, directora de Recursos Humanos de la empresa de gestión de talento Kelly Services, afirma que las empresas deben crear programas de apoyo para las familias y seguir con la capacitación de las mujeres.

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“No hay una política de desarrollo enfocada en mujeres”
Carmen Ponce, economista de Comunicación e Información de la Mujer (CIMAC)

¿Qué pasó con las mujeres? Su tasa de participación en el mercado laboral ha descendido desde mayo de 2020, según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), a tal grado que, por su disminución gradual, ya es comparable sólo con países árabes”, asegura Ponce. Estas condiciones de desigualdad no surgieron con la pandemia, pero sí las agravó.
Afirma sobre la ausiencia de alguna iniciativa económica que contemple una mejor repartición de las labores de cuidado para lograr una mayor y mejor incorporación de la mujer en el sector laboral formal.

La especialista, además, advierte que las actividades económicas más feminizadas, como el turismo, el retail, la sanidad o la educación, han sido las más golpeadas por la pandemia. Según evaluaciones de la Cepal y la OIT, estos sectores, además con alto riesgo de contagio, concentran alrededor de 56.9% del empleo de las mujeres y 40.6% de los hombres en América Latina. Además, según el informe de febrero de la Cepal, un bajo porcentaje de mujeres en estos sectores cotizan a un sistema de seguridad social: 35.8% en el comercio, 45.4% en el sector manufacturero, 25.9% en el turismo y 24% en el hogar.

La Cepal sostiene que estas condiciones se vieron potenciadas debido a que las mujeres están concentradas en sectores con mayor riesgo de contracción. Solo hay que echar un vistazo a cómo se encuentra la industria turística o a la caída en el consumo. “Se estima que la tasa de desocupación de las mujeres alcanzaría 22.2% en 2020 (si se asume la misma tasa de participación del 2019), lo que implica 12.6 puntos porcentuales de variación interanual”, señala la Comisión.

Estas actividades también son una parte fundamental de la economía de cuidado, es decir, las actividades y prácticas necesarias para la supervivencia cotidiana de las personas en la sociedad. Se trata de la asunción de labores de cuidado directo de otras personas y de cómo se proveen las precondiciones para hacerlo como la limpieza de la casa, la compra y preparación de alimentos, pero también a la gestión del cuidado a través de la coordinación de horarios y traslados. Y estas actividades son ejercidas, en la mayor parte de los casos, por las mujeres, debido a los roles de género. Y, frecuentemente, no son remuneradas.

¿Qué pasó con las mujeres? Su tasa de participación en el mercado laboral ha descendido desde mayo de 2020, según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), a tal grado que, por su disminución gradual, ya es comparable sólo con países árabes”, asegura Ponce. Estas condiciones de desigualdad no surgieron con la pandemia, pero sí las agravó.

El día a día de la crisis

Julieta Martínez era Content Strategist de una empresa de marketing digital y renunció a su trabajo en plena pandemia. Antes de que llegara el coronavirus a México, ya era la encargada de 13 cuentas simultáneas.
“La carga de trabajo era muchísima desde antes. La decisión no fue sencilla, tuve mucho miedo por toda la incertidumbre de lo que se venía con la pandemia”, explica. “Pero al final la empresa también tuvo problemas económicos y hubo ajustes en los sueldos y despidos. Con ello la sobrecarga de trabajo fue insostenible”.

Martínez está acostumbrada a trabajar desde casa, pues es su oficina desde hace tres años, pero no se vuelve más fácil, a pesar de que su esposo se encarga del cuidado de su hija. “Cuando me fui de la agencia, tuve que buscar opciones y me dediqué a ofrecer asesorías a otras mamás que empezaron a poner negocios que buscaban otros ingresos. Así le enseñé a manejar sus tiempos, cómo organizarse mejor con todo y sus hijos y las labores de la casa. También les di asesorías de redes sociales para sus negocios”, explica.

Nadine Gasman, presidenta de Inmujeres, también señaló en un foro organizado por el Senado de la República en junio del año pasado que las mujeres han sido las más afectadas durante la contingencia sanitaria, pero también puede suponer una oportunidad. “La pandemia trae un replanteamiento del modelo de vida y la oportunidad de tener a más mujeres en puestos de liderazgo, como lo han demostrado las mujeres al frente de algunos países. Tener mujeres como líderes multiplica las maneras de abordar el problema”, apuntó.

El 19 de noviembre de 2020, el pleno de la Cámara de Diputados aprobó reconocer el derecho al cuidado y crear el Sistema Nacional de Cuidados, aunque sin generar estructuras nuevas ni compromisos económicos adicionales.

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El dictamen aprobado establece que toda persona tiene derecho al cuidado digno que sustente su vida y le otorgue los elementos materiales y simbólicos para vivir en sociedad a lo largo de toda su vida.

La creación del sistema, a raíz de las reformas al Artículo 4 de la Constitución, precisan que el Estado debe garantizar el derecho al cuidado digno con base en el principio de corresponsabilidad entre mujeres y hombres, las familias, la comunidad, el mercado y el propio Estado en las actividades de cuidado.

De acuerdo con la Cepal, si no se atiende esta invisibilización de las labores del cuidado, podrían profundizarse las desigualdades de género e, incluso, podría agudizarse la crisis de los cuidados. “El modelo actual de organización social de los cuidados, que se basa en las familias y se mantiene gracias al trabajo no remunerado de las mujeres, ya no es sostenible”, asegura.

¿Hay un margen de acción aún?

Carmen Ponce considera que sí. En el corto plazo recomienda una reforma fiscal progresiva. “El Estado necesita captar dinero para otorgar un techo de protección generalizado. Un apoyo fiscal bien canalizado podría darse a cosas muy específicas, como préstamos a pymes de mínimo 35,000 pesos, un seguro de desempleo para empleados de esas mismas empresas”, sugiere.

Para Ponce, otorgar un techo de protección sería una medida de contención a favor de los más empobrecidos y que también beneficiará al país mismo, pues al aumentar el poder adquisitivo, incrementaría el consumo y las cadenas de producción enteras lo registrarían.

Por su parte, la Cepal exhorta a tener presentes los efectos distributivos diferenciales de los paquetes de estímulo y otras medidas fiscales en el caso de hombres y mujeres.

Al igual que Ponce, destaca la importancia de buscar un pacto fiscal contracíclico orientado a evitar que se profundicen las brechas de género en el acceso al financiamiento y para la creación de políticas de igualdad de género y derechos de las mujeres.

Asevera que las labores de cuidados, descansados en su mayoría en mujeres, tiene el potencial de transformarse en un sistema que impulse la recuperación socioeconómica.

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